En sólo un segundo ++++ (El sobrio estado de la desesperación)
sábado, diciembre 31, 2005
Formol
Fumo un cigarrillo en la vereda del café. Afortunadamente, mis 14 años no significan mucho para las bestias que se hacen de dinero y poder a costa de mis pulmones. Estoy triste, deprimida, y quién sabe cuántas cosas más que se suceden en la adolescencia hasta llegada a la tan esperada adultez; esperada al menos para mí. Y, como si la voz de Paul se hubiera confabulado con cada una de mis neuronas, la música le agrega un tono gris a todo. Termino el cigarrillo y lo apago en el cemento de la calle. Como siempre, prendo otro, y cambio de tema. Strowberry Fields Forever suena ahora, sucediendo a The Long And Winding Road. A pesar de sentirme sucia, desairada y otras cosas típicas, me incorporo con desgano y entro al bar. Me siento en una mesa cercana a la puerta, al lado de la ventana. Es como una película clase B. Termino el cigarrillo nuevamente. Mi aliento está de muerte. Bien podría leer un libro, o siquiera hojear el periódico (el cual no me interesa en absoluto), pero prefiero concentrarme en mí misma y mi depresión. Llegado en momento, casi no recuerdo por qué me encuentro deprimida, pero el sentimiento de autocompasión me hace sentir algo importante.
Una mesera con aspecto de prostituta barata trae el café, y yo le devuelvo los sobrecitos apestosos de azúcar. Odio el café con azúcar. Es como mirar La Familia Ingalls mientras te tomas un litro de formol. Oh, ahora recuerdo por qué estoy deprimida. Lo malo es que no estoy deprimida por mí, sino por mi amigo. No quiero pensar el él, para nada. Así que tomo mi café de a poco. Nunca me terminó de gustar el café; pero siempre lo he tomado. Amargo, por supuesto.
Salgo del lugar, caminando sin rumbo, pero sabiendo exactamente a dónde iré a parar. Está bien de noche, y los carteles de neón ponen en vista la gran cantidad de clubes y prostíbulos que hay en la ciudad. Diría que son diez veces más que los lugares en los que sobrevive un poco de cultura. Bibliotecas, librerías, casas de música (de esas hay, con toda la basura de las nudistas teñidas que han salido a cantar) y centros de debate; todas esas cosas que los chicos vanguardistas y los nerdos buscan para pasar el rato. Aún no sé cuál de los dos prefiero.
Mis zapatillas de lona Topper hacen ruido en los charcos de agua mugrosa que se junta entre esas baldosas fraccionadas en diez a lo horizontal, siempre rotas y de un color horrible. Están un poco gastadas y viejas, pero son la porquería más cómoda que hay. Entre tantos zapatos de tacón y de cuero carísimo (o imitación), parecen salidos de la lámpara mágica.
Llegando al epicentro del terror, se dobla en una calleja oscura, por donde sigues derecho muchas cuadras, hasta llegar a donde nunca quieres volver, pero lo haces. En el camino veo putas, proxenetas, drogadictos y niñas como yo, aunque más por debajo mío. El olor a orina es prácticamente insoportable, pero Robert Plant casi me hace olvidar. De hecho, casi me hace olvidar que son las 9 y media y estoy en una mugrosa calleja de una mugrosa ciudad sola, deprimida, con demasiada nicotina y alquitrán para una chica de mi edad, y caminando a un lugar al que casi no quiero ir.
Me recuesto en un rincón semi oscuro, y saco de mi cartera el cuchillo que le robé a mi hermano; juego con él un rato hasta que está lo suficientemente cálido. Y ahí presiono contra mi brazo la hoja. Y lo hago recorrer el ancho de la muñeca. No estoy intentando suicidarme, en absoluto. Es por eso que el corte lo hago por la parte superior de mi brazo, y no por donde pasan las venas tan expuestas. No sangra. Mierda. Lo peor de hacerme esa clase de cortes es cuando no sangran. Y luego no arden lo suficiente. Hago lo mismo, pero más arriba, en la parte de abajo. Y presiono con más fuerza, inclinando el cuchillo para que sólo la punta del filo quede sobre mi piel. Y luego bajo rápido todo el cuchillo y los deslizo sobre mi piel. Al fin sangra. Pruebo una vez más un poco de mi sangre. No se siente tan metálica y fantástica como todos dicen. Es más, la siento como aceitosa. No me gusta mucho mi sangre, pero sigo probándola cada vez que emana de mi brazo.
Guardo el cuchillo en la cartera. Me siento cada vez más embotada. Enciendo el reproductor, con la última canción: Over The Hills And Far Away, de Led Zeppelin. Aún no puedo creer que exista canción tan hermosa. Me hace olvidar que estoy sangrando en plena noche, muriéndome de frío, en un callejón horrible, sola y sin haber comido nada. Y sólo tengo 14 años. Me siento deprimida, con un peso demasiado grande para mi espalda. Abrumada, como si hubiera matado, como si yo misma hubiera tomado formol. Estoy viviendo en un mundo de ensueño, donde todo es brumoso y gris, no es lo suficientemente nítido como para poder sentirlo. Todo, excepto el dolor.
Sé que no es un dolor de pérdida; es algo extraño, más extraño aún. Pero ya nada me molesta, ya nada me alegra. Sólo estoy como perdida en una gran ciudad que es para mí un pueblo de trogloditas. Ahora sólo puedo sentir mi reproductora y la música que hay en ella. Por momentos se siente realizador. Y luego, naturalmente, bajas a la realidad. Es como encenderla en el centro de la ciudad. Olvidas que estás en un agujero inmundo lleno de títeres y titiriteros sádicos y mugrosos; olvidas que te sientes demasiada poca cosa incluso para ti misma; olvidas que ya no crees en nada, y esa nada no es siquiera el odio que te tienes, que ya no tienes; olvidas que has olvidado la palabra olvidar, perdonar, amar, odiar, escuchar, sonreír o llorar; olvidas que no has llegado a este mundo a vivir. Y luego, la canción termina, y allí estás, caminando sin saber a dónde ir, acompañada de tu dolor y tu autocompasión, pequeña larva gris que no sabe mirar nada que no sea dolor y autocompasión gris. Escondida entre telones, sucia y muerta, como todos los demás a tu alrededor.
Y bien, por momentos me pregunto cómo finalizar algo horroroso con la tibia tranquilidad que pocos ansiamos. La calma, la ceguera, la paz tan evocada. Ilusos, no saben que la paz no existirá, ni debe existir. Ilusos, no saben que la tibia tranquilidad no es paz, ni es blanco, ni es vida. Ilusa yo, que sé que la calma y la ceguera no es paz, ni es tibia tranquilidad. Ilusa también, por ansiarla tanto como para arrebatarme a mí misma. Con tibia tranquilidad, con calma, ciega, embargada de una paz blanca, tomo entre mis manos una botella que guardara desde que mi amigo me la dio. La misma por la que me dejó, supongo.
Y bebo de ella con los ojos cerrados. Casi puedo ver una TV con la familia Ingalls allí. No hay música a mi alrededor. Bebo hasta el final, y no siento la tranquilidad, la ceguera o la calma. Tengo mucho miedo. Me pregunto si alguien no llorará por mí cuando suceda. Me pregunto si alguien no querrá pensar en mí.
No, hoy no quiero morir.
[Poroto] [7:00 a. m.]
(Es el centro de un terremoto)